viernes, 24 de octubre de 2008

La economía de mercado en el ojo de la tormenta


En los últimos decenios, muchos economistas y muchos políticos han insistentemente y reiteradamente culpabilizado a la economía de libre mercado, por una serie de incongruencias y de inconvenientes observados en la realidad socioeconómica, entre ellos los que se enumeran seguidamente: (1) Muy desigual distribución de la riqueza y de la pobreza con la consiguiente inducción de grandes injusticias sociales, puesto que con la actualmente utilizada estructura socioeconómica sin duda una importante masa de recursos tienden a concentrarse en las cúpulas de poder, y puesto que con toda evidencia dicha concentración no siempre está convenientemente balanceada; (2) Constatación de determinados problemas medioambientales inducidos por las actividades humanas y en especial por el acelerado desarrollo productivo y por el exagerado consumismo, como por ejemplo el del cambio climático producido por el calentamiento global, el de la contaminación de las aguas superficiales e incluso de las aguas subterráneas, el de la contaminación de la propia superficie terrestre con sustancias dañinas para la vida, el de la desaparición de especies animales y vegetales, etcétera; (3) Potenciación de ciertos problemas sociales por causa de ciertas inadecuadas condiciones que afectan a una importante y creciente masa de población (carencias educativas y sociales, deficiencias edilicias, problemas nutricionales, desnutrición infantil y raquitismo, falta de cobertura y/o mal manejo en el área de la salud, etcétera); entre los problemas sociales que por estas causas sin duda se incrementan y se potencian, pueden citarse la violencia familiar y callejera, el alcoholismo y la drogadicción, la delincuencia, la corrupción, la prostitución y la pornografía, la inadecuada estructuración familiar, el narcotráfico, el terrorismo, la repetición escolar, la vagancia, la marginación, etcétera, etcétera, etcétera…

En este escrito, en estas notas, pretendemos arrojar luz sobre este discutido asunto de la economía de libre mercado, a efectos de realmente poder establecer qué se dice de cierto y qué se dice de falso sobre esta cuestión (respecto de la que muchas veces se discurre con excesiva ligereza y simpleza bajo influencia de intereses políticos e ideológicos)…

Y para poder mejor cumplir con esta tarea, comenzaremos por indicar qué es lo que realmente debe entenderse por economía de mercado…

La economía de mercado implica y engloba un conjunto de mecanismos, de regulaciones, y de prácticas, a través de los que se facilita y se potencia el intercambio de bienes y de servicios en un determinado espacio social… La propia existencia de la economía de mercado presupone cierto grado de división del trabajo, así como que dicha división haya avanzado lo suficiente como para que proporcionalmente se haya reducido la producción para el autoconsumo, y como para que haya aumentado la producción de excedentes, o sea como para que haya aumentado la producción que no es absorbida por el núcleo productor y que por tanto es destinada al intercambio…

Con toda evidencia podemos decir que la economía de mercado es muy antigua, ya que existen muchos antecedentes históricos y aún prehistóricos que respaldan esta afirmación, aunque la influencia de la misma sobre las estructuras sociales primitivas y sobre las diversas formas antiguas de subsistencia sin duda no fue ella exageradamente importante… La economía de mercado por cierto fue adquiriendo cada vez mayor significación y gravitación, a medida que fue aumentando el número de transacciones así como la variedad de los bienes y servicios intercambiados, y a medida que el comercio se fue profesionalizando e institucionalizando, potenciado por una notoria mejora de los medios de transporte y de comunicación…

Sin duda fue el desarrollo del capitalismo el que dio un importante espaldarazo a la economía de mercado, ya que al preconizar la libertad de producción y de comercio así como la libertad de precios, dicho sistema favoreció enormemente el crecimiento productivo, económico, y social, reduciendo la producción para el autoconsumo a una mínima expresión… En el sistema capitalista un porcentaje creciente y muy importante de la producción está exclusivamente destinado al intercambio, e incluso en los últimos decenios este proceso ha invadido áreas que antes estaban principalmente reservadas a la producción para el propio consumo del núcleo familiar, como por ejemplo la preparación de alimentos, el cuidado de niños y de enfermos, el cuidado de mascotas, ciertas actividades de recreación y esparcimiento, algunas actividades deportivas, la propia organización de fiestas familiares, el pago en tiempo y forma de ciertas obligaciones pecuniarias regulares, etcétera, etcétera…

En la economía capitalista las personas son cada vez más dependientes del sistema y cada vez menos autoválidas por sí mismas o al interior de un grupo familiar o de un grupo productor, debiendo recurrir a otros, debiendo recurrir a una gran variedad de empresas y de instituciones, para la satisfacción de muchísimas de sus muy diversas y variadas necesidades…

Por cierto los precios de los bienes y servicios así como los niveles de ingreso, las facilidades crediticias, la estructura comercial, las facilidades de transporte, la propaganda, etcétera, juegan un rol muy importante en cuanto a los niveles de consumo y a los niveles de producción, y en este ámbito existen mecanismos de ajuste más o menos espontáneos, que inciden sobre los precios y que así permiten acercar lo ofertado a lo demandado…

Así, cuando la cantidad demandada de cierto bien o de cierto servicio excede a la ofrecida, el precio de dicho bien o servicio tiende a crecer, con lo que en alguna medida se desalienta el consumo, y con lo que paralelamente se estimula la futura producción; y viceversa… Este tipo de ajuste por cierto no se da sin duda en forma impoluta o perfecta, ya que inciden en él los monopolios u oligopolios que pudieran existir, las fallas en la transparencia de los mercados, las dificultades de movilidad de los factores de producción, las inequidades y los desajustes que pudieran plantearse en cuanto a las bocas de venta y en cuanto a los sistemas de distribución, el mayor o menor éxito de las campañas publicitarias, etcétera, etcétera, etcétera…

Y por cierto las regulaciones y disposiciones estatales también tienen su incidencia en estos ajustes, a través de los impuestos y las tasas, a través de las normativas vigentes, a través de los subsidios e incentivos que se resolvieran aplicar, a través de las falencias que posibilitan la informalidad y la evasión fiscal, a través de la aplicación de políticas proteccionistas o liberales en relación al comercio exterior, etcétera, etcétera, etcétera… El Estado sin duda dispone de importantes mecanismos reguladores, que no solamente le permiten obtener recursos para solventar sus diferentes actividades, sino que en alguna medida también le permiten orientar la producción, el consumo, la situación social, la inserción internacional, y el propio cuidado del medio ambiente, en el sentido que se entienda más necesario y conveniente…

La economía de libre mercado evidentemente presenta múltiples ventajas, entre ellas las siguientes: (1) razonable ajuste entre oferta y demanda, (2) búsqueda y logro de mayor eficiencia productiva y comercial, disminución de costes de producción, de distribución, y de almacenamiento, etcétera, (3) mejoras significativas en la calidad de los bienes y servicios producidos y ofrecidos, (4) producción de nuevos bienes y servicios, (5) mejoras administrativas y logísticas de diverso y variado tipo, etcétera, etcétera, etcétera…

Ahora bien, volvamos a nuestro planteamiento original, a efectos de pensar de qué forma pueden atenuarse las actuales inequidades e irregularidades, por ejemplo en cuanto a la distribución de la riqueza, en cuanto al cambio climático y a la insensata agresión de los humanos al medio ambiente, en cuanto a las oportunidades brindadas a los distintos individuos, en cuanto a la educación y a la capacitación, etcétera…

Con toda certeza estos no son asuntos que deban plantearse y decidirse al nivel de los distintos agentes económicos… En efecto, los agentes económicos razonablemente deben tomar sus decisiones principalmente teniendo en cuenta aspectos personales o familiares o productivos, a efectos de incrementar las posibilidades y disponibilidades del grupo familiar o del grupo productor, a efectos de incrementar los recursos en el microentorno asociado en cuanto a calidad y cantidad, a efectos de poder aumentar la eficiencia en lo que respecta a las labores desarrolladas, a efectos de poder mejorar el funcionamiento de las empresas e instituciones en las que esas personas se encuentran involucradas, a efectos de mejor alcanzar sus propias metas, etcétera, etcétera… En resumen, a nivel de los individuos y de las empresas las decisiones razonablemente deben tomarse considerando el entorno próximo en el que se desarrollan las actividades, y por tanto dejando las cuestiones globales en un segundo plano…

Por el contrario a nivel de cada Estado, las preocupaciones principales deben orientarse al mejoramiento de las inequidades e irregularidades observadas al interior de la población concernida, así como al establecimiento de adecuadas condiciones generales que favorezcan la producción y las condiciones de vida, y así como al establecimiento de adecuadas relaciones con las otras naciones del mundo…

Y por último a nivel de los organismos internacionales y de las estructuras supranacionales, las inquietudes deben abarcar aquellos aspectos de las relaciones internacionales que se verifiquen desajustados y desequilibrados, y que obviamente no pueden quedar bajo la responsabilidad de ninguna nación en particular…

En resumen, en cada nivel los objetivos a alcanzar necesariamente deben ser distintos, siendo fundamental que en cada nivel se disponga de la adecuada información y también de adecuadas y convenientes herramientas de intervención…

Indudablemente los intercambios internacionales articulan las relaciones entre las distintas naciones, y las reglas de juego que regulen los mismos no tienen porqué ser similares a las que se apliquen a nivel nacional para la regulación de los intercambios entre agentes económicos competidores… Es por ello que desde estas líneas preconizamos el uso de una moneda internacional especial para regular los intercambios entre naciones, que no coincida ella ni se confunda ella con ninguna moneda nacional…